La historia está llena de mentiras y las del rock son enormes, deformes y muy aburridas. Me las creo lo justo y a veces he visto a verdaderos personajes claves apartados de todo. De manera absurda. Pero en esto del rock, el soul o el jazz, la llamada música del alma, existe una magia única e irrepetible, que en cualquier lugar del mundo, el día menos pensado, un joven, pongamos de dieciséis años encontrará en un rastrillo un viejo siete pulgadas destrozado, porque: vete a saber tú, qué coño de página web recomendada por otro púber cansado de la media, le hizo despertar el gusanillo de lo “alternativo”. Y entonces cuarenta años después, de nuevo volverá a pasar. La magia de la electricidad, condensadores, válvulas, micrófonos, cuerdas tensadas, tambores y demás parafernalia ejercerán de catalizador, para erizar el vello que sobresale entre los granos del susodicho energúmeno menor de edad. Viene al caso y mucho, cuando en la página 10 del libro que tengo en las manos, un señor de California habla con propiedad, una propiedad tal que abruma. Mike Stax es un auténtico conocedor de los mejores grupos del mundo en el apartado de garaje de los sesenta y prologa con naturalidad y reverencia, admiración diría, Los Salvajes y yo (nuestra salvaje historia), la biografía que Gabi Alegret editó en el año 2006 en la editorial Lenoir. La paradoja es que aquí casi nadie se acuerda de los pioneros, bueno ni se acuerdan de los ochenta, y en cambio son considerados fuera de nuestra fronteras como piezas claves para entender la música popular del siglo XX.

                 
 
No soy, ni quiero ser imparcial, por que soy fan. Los Salvajes fueron el mejor grupo de Barcelona de los sesenta, y punto. Nada ni nadie me hará cambiar de opinión. Esa Barcelona que Ovidi y Buenaventura amaban y que se han cargado los políticos que quizá algún día bailaron con algunas de esas maravillosas bombas incendiarias de ritmo primitivo, y que ahora solo ven como algo divertido. Porque en este país del tercer mundo donde nos tocó vivir, a cierta edad resulta que ya divertirse esta mal visto, y hablar de música rock (o lo que fuere), es síntoma de inmadurez. No expongo la lista de países normales por que nos debería caer la cara de vergüenza al ver como ciertos vecinos del mediterráneo tratan a sus “maestros”. Ellos nacieron como deben nacer los grupos, todos, por ilusión y para ligar con tantas chicas como fuera posible. Nacieron en la Barcelona perdedora, en la Barcelona del rancio olor. No lo viví, pero Gabi lo transmite con una emoción y sencillez que te hace casi estar allí. Querían ser como Los Shadows, por que no nos engañemos, Elvis y Los Shadows fueron los verdaderos catalizadores de las pasiones y ansias de montar grupos de la juventud en este país. Unos Salvajes que trazaron el mapa de los barrios, que empezaron a despuntar en las salas donde les dejaban tocar y que crecieron como debían, a golpes de todo. 
                 
   

Conseguir instrumentos no era fácil, comprarlos costaba dios y ayuda, y hacerse profesional aún más. Pero la lectura de esta biografía te engancha por varios motivos, las casualidades también jugaban aquí. Lo primitivo de la industria y de los equipos de grabación proporcionan anécdotas inacabables, desde las batas blancas que vestían los primitivos ingenieros, hasta el error más tonto que hacia nacer un nuevo sonido. En aquella época, los grupos animaban los bailes del domingo de la manera más normal, y la batalla se libraba contra el grupo que compartía la sesión. Se sumaban los números de inspiración italiana, los clásicos populares de raíz cubana-latina y las baladas, y un ligero toque de los pocos singles que llegaban desde el mar, sabido de todos es la entrada a Barcelona de discos singles por los marines. Conseguir un contrato era el objetivo de los centenares de conjuntos de la ciudad, y Los Salvajes, a pesar de ser los más estilistas, con trajes para tocar, para la calle y para las fotos de promoción, no se escapaban de las típicas patrañas tan en boga en la época (y que nunca han dejado por desgracia de existir), las típicas maniobras que “aconsejaban” grabar números de bajo contenido digamos “salvaje”.

   
 

 Merece la pena detenerse en esos momentos para ver como nuestros amigos abrieron camino e hicieron historia a base de pequeños logros. Casi todos, en sus inicios, fueron colocando en la cara b, y la última, la composición propia y que a la postre pasaría a la historia. Cuarenta años de dictadura que se veían reflejados en las macarrónicas traducciones y adaptaciones al castellano de las canciones que triunfaban en las listas y casualmente solían coincidir con la editorial que editaba los discos de los chicos, o con el traductor que hacia dicha adaptación. Otra cosa eran los directos donde las canciones adquirían su verdadera entidad. Leer como Alegret cuenta los estrenos de esas maravillas que ahora nos ocupan, me sobrecoge, los detalles del lugar, de las paredes, de las recatadas e inexpertas chicas, los alcoholes de tan baja calidad que ocupaban el lugar de las drogas que tenían americanos o ingleses, todo parece de vértigo colectivo. Súmale las matinales, las votaciones en las revistas de moda, las cartillas de racionamiento, los coches de cilindrada ridícula y los viajes a pueblos donde la actuación de los melenudos provocaba gritos homófobos contra la diferencia.

                 
 

Hace muy poco leí un ensayo de la Sorbona acerca de los tejidos de rayas, y su emparentamiento con la leyenda que decía que la rayas eran el símbolo del demonio. De repente imaginé al Gabi de la portada del e.p. de “Soy Así” aullando con aquel jersey a rayas en algún club de la ciudad, y entiendo por que todavía hoy marca la diferencia, abismal con el resto de grupos coetáneos suyos, y nos gusta a tantos. Y que en la época debía ser un tremendo golpe contra lo establecido. El mismo chico que al bajarse del escenario dice amar lo más normal, los mismos artistas que pasaron hambre, purgaciones y frió haciendo su penitencia en una Alemania que vio crecer a tantísimos grupos, unos Salvajes que volvieron reforzados y con un sonido que dicen era como un autentico huracán . El cantante del mejor grupo de Barcelona de los sesenta explica de manera sencilla (no es un literato, y ciertas licencias se le perdonan), tantos detalles que uno se pregunta como puede recordarlo todo. Quizá en esa etapa en que se quedan grabados a fuego los actos de camaradería, ellos tuvieron la suerte de dedicarse a escribir (sin saberlo) parte de las historia del rock cantado en castellano, en una época en la que que el color gris lo dominaba todo. Ello aportaron un extra que no se puede valorar, escribir y ni creo  que describir.

 

           
   
Se equivocaron, se faltaron al respeto, si hicieron hippies, se volvieron a encontrar y toparon con la incultura militante de aquí. Hicieron travesía en el desierto cuando la democracia borraba de un plumazo todo lo que olía a antaño, sin pararse a pensar en que ellos (y tantisimos más), habían sentado las bases que por suerte El Loco, Los Rebeldes, o Los Brighton en los ochenta se encargaron de volver a incendiar. Con algo que no les faltaba a Los Salvajes. Actitud, ética y estética, militancia. Palabras que hoy echo en falta demasiado a menudo cuando hablo de música, con profesionales o aficionados.
           
                 
 

Un Gabi que está en paz con el mismo, un Gabi que me sirve un vaso de vino tinto en su bodega del Eixample mientras me habla con ilusión de cualquier cosa, me siento pequeño a su lado. Una leyenda me trata de tú a tú, una leyenda que algún día podré contar a mis hijos que me invito a cantar “Es la edad” en un Palau Sant Jordi que les rindió homenaje demasiado tarde. Me quedo con la anécdota más divertida de todo este libro, cuando el artesano que les fabricaba los amplificadores de válvulas con los que conseguían esos riffs no sabia que nombre darles, fue aconsejado por Delfín el batería de que le pusiera SiNMARC. Hoy en día son reliquias que emulan el sonido de una época increíble del rock en la ciudad más europea que tengo cerca de casa. Gabi me abraza, es un tipo sincero y como todas las leyendas que admiro, vive relativamente cerca de casa.